Las buena
vibración como la mala se contagia tan rápido como los virus de un resfriado,
según apunta David Goleman en su libro Inteligencia social, donde menciona una
serie de estudios que confirman que existe este contagio emocional. Uno de esos
estudios demostró cómo las personas sometidas al experimento se iban
contagiando de las emociones que veían en las fotografías, que se les mostraban,
o de los individuos que entraban en contacto con ellas. Todos podemos ser
portadores y transmisores de estas emociones, aunque no siempre somos
conscientes de ello. Hay personas con
habilidad para contagiar su tristeza, su mal humor, su envidia o egoísmo, al
igual que hay otras capaces de impregnarnos de su entusiasmo e ilusión por la
vida. Lo que sí nos resulta más fácil de identificar son los efectos que los
otros dejan en nosotros.
Cabe decir que la buena noticia es que la
emoción más contagiosa es la alegría y su expresión más evidente es la risa,
por eso se dice que la risa es la distancia más corta que se puede encontrar
entre dos personas, además, si educamos nuestras emociones podemos conseguir
contagiar deliberadamente emociones positivas a los demás. Por lo que vale
decir, la autoeducación emocional es importante no
reprimirlas, ya que una emoción reprimida se parece mucho al agua estancada,
hay que vivirlas sin juzgarlas, tanto el miedo, como la tristeza, como la tan
temida vergüenza, no se pueden contener solo los sentimientos que consideramos
'negativos', de forma automática se bloquean también las 'positivas'; podemos
tener la sensación de que cuando ocurren cosas buenas en nuestra vida no somos
capaces de disfrutar todo lo que nos gustaría.
Por lo tanto, hay que empezar a prestar
mucha más atención a las emociones que tenemos, darnos cuenta de si podemos
habernos contagiado de una persona con la que hemos estado. Pero después de
analizar las emociones es vital aprender a dejarlas marchar y ser conscientes
de la responsabilidad que tenemos en su propagación en nuestro entorno más
cercano. Esto condiciona inevitablemente tus relaciones sociales, tanto
profesionales, como personales. Si eres el mal rollero de tu institución, tus
compañeros, puede que de forma inconsciente, se irán alejando poco a poco de
ti. Si eres el amargado de tu grupo de amigos, te querrán mucho, pero entiende
que no se desvivan por pasar tiempo contigo sabiendo que solo les vas a contar
tu visión negativa de la vida. Cabe decir que, cuando se está con una persona
negativa, también se puede tomar la decisión consciente de no dejarse llevar
hacia abajo e intentar transmitirle emociones positivas de amor y alegría.
Porque como hemos dicho antes, no hay nada más contagioso como la risa y no hay
nada como la risa para dar serenidad, por lo que se hace necesario distinguir
entre conocer las propias emociones y el controlarlas.
Siguiendo en este orden de ideas, para
desarrollar la conciencia emocional es imprescindible disponer de palabras para
denominar las emociones. Una carencia de esta habilidad nos impide tomar
conciencia de nuestras emociones y, por consiguiente, controlarlas. De esto se
deriva la importancia de potenciar el desarrollo del vocabulario emocional
desde el sistema educativo, por lo que uno de los aspectos importante es la
motivación. Finalmente podemos decir que enseñamos educación emocional queramos
o no. Todos la hemos recibido y todos la transmitimos, ya que se da por ósmosis
o contagio, aunque no haya un propósito intencionado o formal. Si nuestras
actitudes y hábitos emocionales son sanos, transmitimos una educación emocional
sana, si no lo son, transmitimos una
educación emocional insana. Pero siempre hay transmisión emocional, ya que el
primer requisito indispensable para que sea sana es la autoconciencia emocional
del educador, es la que evita que nuestras emociones nos manejen a ciegas y que
las proyectemos también a ciegas sobre los estudiantes y sobre los otros.



